Estancias
Resulta curioso observar la habitación del adulto que aún vive en la casa familiar. Su habitante, mientras fue creciendo, fue olvidando por estantes y paredes pasajes de su infancia. Ahora ellos, observadores silenciosos del presente, coexisten con la edad adulta revelándo, de un modo casi grosero, una madurez postpuesta.
Uno puede observar los peluches. Algunos de ellos muy queridos durante la infancia, otros simplemente acumulados a base de un regalos o una tarde de tómbola. Aquel día llegaste a casa, los dejaste en un estante y allí han ido viendo pasar los años. No sabes exactamente qué te une a ellos pero resulta que han estado habitando aquel espacio durante años, observando meticulosamente, casi como si hubiesen sido forzados a hacerlo.
Tú simplemente olvidaste que estaban y ahora, 20 años después, los redescubres. Estás leyendo en tu habitación, levantas la vista y los ves ahí, voyeurs incansables. Y, por una vez, adviertes que se sienten terriblemente incómodos. Quizás siempre se sintieron así. Hoy, no sabrías decir quién de los dos se siente más disgustado, si ellos obligados a mirar, o tú mismo al constatar su presencia.
Entonces la habitación se convierte en un espacio inhabitable. Tienes que salir al balcón y tomar un poco el aire. Feliz cumpleaños, son 32.


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